
Por Aitor y Xabier Errasti Martínez de Antoñana
Cuando supimos que Fernando Schwartz había sido colegial del San Pablo, nos propusimos hacer todo lo posible por concertar un encuentro con él. Su perfil profesional y personal son de un atractivo que debemos aprovechar. Diferentes facetas, diplomático de carrera, escritor y comunicador de éxito, articulan una personalidad que sin duda puede enriquecer la gama de experiencias que estas conversaciones ofrecen a los lectores del Mayor, siendo la pluralidad uno de sus objetivos.
Gracias a Javier López Galiacho, quien fuera director del Mayor, damos con Sebastián, hijo de Fernando y también antiguo colegial, y es él quien finalmente nos pone en contacto con su padre. Fernando reside en Palma de Mallorca y no fue fácil encontrar una fecha en la que los tres pudiéramos coincidir. Como la perseverancia y la paciencia todo lo alcanzan, y el encuentro bien merecía un vuelo a Mallorca, cada uno, desde donde nos encontramos, Vitoria y Madrid, volamos ilusionados para encontrarnos en su casa, donde amablemente nos recibe en una luminosa mañana, dedicándonos su tiempo y atenciones. Desde el primer momento se palpa su saber estar diplomático.
Nos está esperando, él mismo nos abre la puerta y la primera imagen impresiona. Le habíamos visto en fotos y en videos, hemos visualizado alguno de los programas que hizo en televisión presentando Lo + Plus, y que siguen al alcance de un clic, pero al natural es otra persona, podríamos decir que su altura y su porte imponen. Es esbelto, elegante, con un pelo que tiende a platear y una mirada azul, oceánica, que parece mezclarse con el mar que se contempla desde la misma entrada de la casa.
Vive en una atalaya, el barrio de Génova, un promontorio en el distrito de Poniente que ofrece el efecto óptico de disfrutar de un pinar mediterráneo que se desliza hasta el mar de fondo. Pinos y mar es la estampa que ofrece el salón y la magnífica terraza, como si fueran una prolongación de la casa. Sentados en el salón con su amable acogida, no se nos ocurre lugar ni compañía más privilegiada.
Fernando Schwartz es un hombre con suerte, así lo reconoce titulando sus Memorias Una vida con suerte, editadas en 2022 por Galobart, en su colección Nueva Narrativa. Unas Memorias a las que nos hemos acercado para preparar este encuentro y en las que hemos encontrado un profundo relato de su privilegiada vida, permitiendo ahondar en sus sentimientos y emociones a lo largo de sus experiencias como estudiante, opositor, diplomático, escritor, comunicador, viajero y navegante. Hace una descripción tan natural y actual que tenemos la sensación de que ya le conocemos y que hemos vivido con él muchas de sus experiencias y aventuras. Nos aclara que su vida ha sido tan rica en sucesos y andanzas que lo difícil ha sido elegir aquellas que han sido determinantes en su vida, sin caer en el exhibicionismo, y compartirlas con la naturalidad que da la sinceridad literaria.
Antes de iniciar la formulación de las preguntas que tenemos pensadas le aclaramos que, como se trata de mantener una conversación distendida y espontánea, para que lo que publiquemos refleje fielmente lo que él ha querido decir, tendrá oportunidad de leerlo previamente. Esta cautela le hace sonreír, nos dice que le recuerda una experiencia que tuvo cuando él le hizo una entrevista a Henry Kissinger en su etapa de periodista en El País.
La entrevista con Kissinger fue muy bien, inesperadamente bien, pero nos dijo que no nos preocupáramos por la grabación, que su secretaria la transcribiría. Nosotros en el libro de estilo de El País teníamos establecido que el entrevistado no podría tocar las preguntas, pero sí modificar sus respuestas antes de la publicación, así que accedí.
Entre los temas más comprometidos recuerdo que habló sin recato de Israel, expresando que era impresentable cómo acosaba a los palestinos, que no era tolerable que estuvieran sin fronteras reconocidas seguras. También las declaraciones sobre la OTAN y sobre el MAD (Mutual Assured Destruction) eran jugosas.
La transcripción que recibí no tenía absolutamente nada que ver con lo que habíamos hablado. Resultaba intolerable. Para eso habría bastado con remitirle las preguntas y que su gabinete las hubiera enviado respondidas, pero no había nada que hacer. era su derecho y así se publicó la entrevista. Y, tengo que reconocerlo, yo disfruté de un viaje a Nueva York.
Lo que quiero decir con esto es que no os preocupéis, no va a hacer falta cortar nada. Si me he plegado a hacer esta entrevista con vosotros, gracias a vuestra insistencia, lo hago con todos sus riesgos. Estoy mayor y retirado de la vida. Prueba de ello es lo que os ha costado convencerme. La vida y sus maravillas han dejado de interesarme. El otro día le decía a Sandra que quizás próximamente tengamos que ir a algún funeral de Estado, y que sería interesante saber dónde está el chaqué, el frac o el esmoquin. Pero no sabemos dónde está ninguno de ellos. De toda esa parafernalia, lo único que me queda es el espadín de embajador. No encuentro ni el uniforme.
No tengo ilusión. Lo que tengo es enfado con nuestra gente de hoy, la sociedad, los extremos, los insultos, los enfados… Nada es constructivo.
En el viaje hemos venido leyendo unas conversaciones con Stefan Zweig y su insatisfacción y su desencanto nos recuerdan mucho a lo que estás reflejando y al momento que vivimos. Sin ceder a una amargura inútil y superflua, él sentía que estaba viviendo un periodo en el que la confusión y la locura estaban desbocadas. Desgraciadamente el tiempo le dio la razón. A nosotros nos gustaría pensar que esa sensación de desánimo es consustancial al ser humano y que con la edad siempre se cree estar en un momento especialmente complicado. En palabras del poeta “como, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor…”
Algo de verdad hay en ello, pero la percepción de crispación, insultos, faltas de respeto y de educación es palpable. Hay y había crisis de valores, pero no es lo mismo. Las circunstancias han cambiado radicalmente, a mejor por supuesto, y vivimos con otras conquistas cient íficas, sociales, médicas, sin duda los medios son mejores y vivimos más. Por eso nuestro dolor o enfado actual es más grande, está más justificado.
Lo tenemos todo para estar mejor, pero vivimos un enfrentamiento tremendo. Económica, social y culturalmente estamos mejor, pero en un rifirrafe político insoportable. Es evidente que ha habido un empeoramiento claro de la clase política y dirigente. Que estemos añorando los tiempos de Felipe González demuestra lo mal que estamos. Lo digo con placer, es verdad, porque trabajé con Felipe, pero no deja de ser triste.
En fin, pensemos que todo pasa.
En este sentido, el filósofo Javier Gomá suele interrogar a la audiencia en sus intervenciones preguntando en qué época de la historia y en qué lugar le hubiera gustado vivir si fuera mujer, inmigrante, enfermo, parado o minusválido, y la respuesta clara es aquí y ahora, porque nunca la sociedad ha gozado de los medios actuales.
Pues sí, y siendo así todavía es más grave, porque no disfrutamos de ello y vivimos rodeados de un ruido ensordecedor.
A pesar de este desaliento que te provoca la realidad política actual, lo cierto es que tú te reconoces un hombre con suerte. En tu libro “Una vida con suerte”, nos llamó la atención que hablas de personas que sabemos que son paulinas, como Vicente Verdú o Marcelino Oreja, pero en ningún momento haces mención al Colegio Mayor. Llegamos a pensar que guardabas cierta distancia con el San Pablo, aunque luego hemos sabido que lo elegiste para los estudios de tu hijo, que también es paulino, así que no terminamos de entender si hay algo detrás. ¿Qué nos puedes decir de tu experiencia en el Colegio?
Mi padre era diplomático y cuando yo ya había iniciado la carrera le destinaron a Lisboa. La consecuencia es que ya no podíamos vivir en casa. Mi hermano Pedro ya se había ido a Inglaterra, y yo entré al San Pablo a través de Marcelino Oreja, que era muy amigo de Pedro. Estudié tercero, cuarto y quinto de Derecho en el Colegio. Mi idea era cursar cuarto y quinto juntos, al ser Derecho una carrera asequible. Pero finalmente no lo hice, preferí tres años en el Colegio.
Ahora que lo pienso, mi experiencia en el San Pablo fue muy similar a la del Colegio El Pilar, en el que había estudiado. En el sentido de que ambos te querían dar una cierta orientación moral. Me refiero a que no te querían enseñar a leer, porque ya leías, pero sí te dejaban claro que estabas ahí para estudiar, no para divertirte. Y lo cierto es que yo iba al Colegio con la intención contraria, la de divertirme, no la de estudiar.
En aquella época el San Pablo era una institución muy de la clase social alta. La gran mayoría de los colegiales venían de fuera de Madrid, de familias más que acomodadas.
Recuerdo que el pasillo era lugar de socialización. Se dio la circunstancia de que en mi pasillo estaban Alfonso y Gonzalo de Borbón, que tenían instalada allí su propia corte. Sobre todo Alfonso, convencido como estaba de que él sería rey de España. Algunos de su corte le trataban de señor, alteza, hablándole en tercera persona, lo cual a mí me parecía una imbecilidad.
Gonzalo era simplemente un caradura con el que me llevé muy bien. Era un pasillo selecto y a veces poco fácil de convivir.
Del resto de compañeros recuerdo en este momento a Daniel Fullaondo, arquitecto ya fallecido. Formaba parte de un grupo que representaba el otro sector, personas rebeldes, con inquietudes, leídas. Recuerdo tertulias y discusiones sobre temas de actualidad, sobre obras literarias, por ejemplo, una memorable sobre una obra de Camilo José Cela y la influencia que en ella había podido tener la novela de James Joyce titulada Finnegans Wake. Como podéis comprender, personas ilustradas, gente muy válida, muy refinada.
La presión religiosa en los colegiales, al menos en mi caso, no era muy intensa. Era fiel reflejo de los valores de la democracia cristiana. Esperaban de ti una cierta adhesión, pero sin demasiada presión ni fanatismo. Y eso yo lo agradecí mucho. Estudié lo que tenía que estudiar, lo menos posible, y establecí algunas amistades interesantes, que luego no he mantenido, quizás porque la vida me llevó por otro lado, por medio mundo. Y además creo que yo no soy buen amigo. Si no entretengo la amistad, tiendo a abandonarla. Tengo otras consideraciones revertidas hacia dentro más que hacia fuera.
Nosotros al leer tus Memorias hemos tenido la sensación contraria. Has tenido grandes amigos, pero de manera sucesiva. Eres gran amigo mientras eres amigo, hasta que cambian las circunstancias y haces nuevos amigos.
Pues eso está muy bien descrito y creo que es así. Uno es monógamo mientras es monógamo.
Aunque no aparezca en el libro, el San Pablo forma parte sin duda de mi vida con suerte. El Pilar, por circunstancias, sí aparece nombrado, pero el San Pablo tiene la misma categoría en la formación de los recovecos de mi personalidad y de mi moral. El Pilar y el San Pablo, sin saberlo yo, formaron mi ética, mi estética y mi moral.
En cuanto a los nombres que mencionabais, Marcelino fue mi ministro. Él pertenecía al grupo de mi hermano, que son bastante más mayores que yo, pero al que yo me adhería porque eran unos tipos brillantísimos y me quería acercar a ellos. José Lladó, los Garrigues, los Arburúa, que eran los cuñados de Marcelino… Era un grupo del establishment, apetecible, que se divertía. Uno de los grandes descubrimientos de mi vida fue una excursión que hicimos todos al festival de Granada, al que fuimos en Vespa por las Alpujarras, la Garrucha, donde los Garrigues tenían en una plantación de tomates una casa estupenda, vacía de muebles y donde dormimos en una gran sala unos encima de otros en colchones. Fue un viaje iniciático muy intenso, divertido, en el que me lo pasé muy bien. Eso me unió a ellos.
Marcelino se apartó pronto porque tenía otras ambiciones. El resto de los compañeros tenía un futuro muy determinado, no exento de una gran capacidad de diversión. Marcelino era diferente, sabía muy bien lo que quería, que por cierto consiguió, pero no participaba de la frivolidad general. Más tarde, por circunstancias puntuales, la relación con él la estropeé yo. Yo era embajador en Kuwait cuando Marcelino era ministro. Él me ofreció, a través de Máximo Cajal, ser director general de la OID, años antes de cuando lo fui. Pero yo concedí una entrevista a un periódico kuwaití en la que dije que me parecía que llegaba el momento de que España reconociera a la OLP, a los palestinos, y esa no era la postura oficial de España. Eso me costó por supuesto la OID y no mucho más, pero me podrían haber rebanado el gaznate. No lo hicieron.

Otro momento delicado con él fue cuando en Guatemala ardió la embajada española, que casi le cuesta la vida a Máximo Casal, y Marcelino no fue al aeropuerto a recibirle. Fue un movimiento político que no entendí y que me dolió mucho. Habría que haber mandado a freír espárragos a Guatemala. Pero a España le aterraba la idea de romper la estructura de relaciones con Hispanoamérica.
Ahora, como sabemos, no está la cosa mucho mejor. Pero se había conseguido cambiar de la política hispanoamericana de Franco a la nueva en democracia, que tan bien hizo Suárez y tenían terror a estropearlo. Lo cierto es que después tardamos tiempo en recuperar dignidad y poder acceder a la Unión Europea. Costó mucho trabajo enderezarlo y Guatemala sigue sin estar enderezado. Es un poco como el colaboracionismo de la Francia de Vichy, que sigue sin estar explicado.
Yo era muy joven, pero ya tenía un criterio propio que era muy diferente al oficial. Aunque es justo decir que mi criterio se disolvía mucho en mi alegría de vivir. Me divertía mucho vivir y eso no me ha favorecido demasiado. Yo salí de la dictadura de Franco muy enfadado, muy dolido, muy enrabietado. Y eso que fue un régimen muy suave con nosotros, que éramos niños bien de la sociedad española. De repente descubrí, después de mi adolescencia y gran parte de mi juventud, que había sido traicionado por el sistema, por la prensa, el teatro, la cinematografía, me pareciera lo que me parecieran Franco y sus adláteres.
El otro día estuve viendo una serie sobre las abogadas de Atocha. Es correcta, no está mal. Viéndolo me vino a la memoria la furia que sentí cuando dijeron que quien se había precipitado de un sexto piso a un patio interior, según el ABC, lo había hecho habiendo pulsiones suicidas en su diario. Me pareció un engaño de tal naturaleza, que ahí fue donde me torcí.
¿Podría ser que además tú vivieras una contradicción interna por ser hijo de funcionario del régimen, y tú ser también funcionario, pero pensando diferente? Leyendo tus Memorias pensamos que se puede llegar a esa conclusión.
Está bien advertido. Yo tenía que superar mi contradicción, y no creo que lo lograra hacer bien. Desde luego me costó mucho trabajo.
Muchos jóvenes nos hicimos socialistas como oposición al franquismo y pensábamos que, a su muerte, nos encontraríamos con una situación parecida a la italiana, un comunismo y una democracia cristiana potentes. Pero el comunismo se disolvió; a la democracia cristiana le costó mucho tiempo recuperar una posición fuerte y el socialismo salió vencedor.
El socialismo en aquella época, y para nosotros, tenía quizás ribetes más de rebeldía que de pensamiento y yo me uní a ello, probablemente, por esos ribetes. Luego se dice que conforme uno envejece se va moviendo más hacia la derecha, aunque siempre hay algunos tipos raros que no se mueven. Yo soy uno de esos tipos raros.
Es algo similar a la engañifa de la ETA. Al principio aparecía como lo único antifranquista de España, y cuando murió Franco y se quedaron sin objeto de deseo, entonces empezaron a decir que lo que había que hacer era una república soviética. Cuánta gente alimentó ese monstruo.
Con la izquierda hoy en día es diferente. Yo no creo en la superioridad moral de la izquierda o del PSOE, a quien voto. Estoy más bien irritado; me parece que el juego actual del Gobierno, justificado únicamente en la necesidad de tener los votos suficientes para tener un gobierno y llevar a cabo su propio programa, aunque pueda ser legítimo, es irritante. Sería mejor convocar unas nuevas elecciones y no depender de algunos partidos políticos, pero dado el panorama político español actual, no lo quiero tan deprisa. Cualquier pacto me parece legítimo, y así funciona la política española. Donde yo pondría el límite sería con VOX, por ser enemigos de quien son. Pero así somos, es mi opinión. No hay nada como la parcialidad del individuo.
De tu hermano Pedro tenemos un magnífico recuerdo. Los dos tuvimos la suerte de tenerle como profesor-tutor en seminarios de economía en el Colegio Mayor, supongo que como muchos que nos leen. ¿Cómo está? Lo recordamos como un intelectual y un dandi.
De cabeza estupendamente, brillante, como siempre, pero físicamente muy limitado. Políticamente cada vez más radical, me peleo cada día más con él. Pero el problema es el físico. Le ha fallado el esqueleto, está muy encorvado. Cumple ahora 90 años, pero físicamente no está tan bien. Es una persona muy lista, siempre lo fue. Cuando yo empecé a opositar, tenía que preparar por mi cuenta un temario muy extenso y, por supuesto, para la parte económica recurrí a él. Me puso entonces en contacto con Luis Ángel Rojo, que me sentó en su despacho y me contó los nueve temas de Teoría Económica que yo tenía en el temario. Recuerdo que uno de ellos era el del dinero, en el que se trataba del equilibrio keynesiano de la economía, que se representaba en una serie de ejes de coordenadas interrelacionados. Si unías todos se llegaba a un punto central, que según Keynes constituía el punto de equilibrio. Mi hermano me dijo que, si me tocaba ese tema, ni se me ocurriera tratar de dibujar los gráficos y el punto central porque nunca saldría. En el examen cayó ese tema y yo dibujé todos los gráficos, punto incluido y me salió bien. Menos mal que los miembros del tribunal no tenían ni idea. Este fue uno de mis momentos de suerte.
Terminas la carrera de Derecho en el San Pablo y opositas. ¿Cómo fue esa vocación?
A mí me habría gustado estudiar Medicina, aunque no tenía una vocación definida. Lo cierto es que cuando terminé la carrera lo que quería era casarme con mi novia. Sus padres, que tenían 8 hijas, también estaban por la labor, porque conmigo veían una cierta seguridad en el futuro de su hija. Pero la boda dependía de nuestras apuestas en las carreras de caballos. Si hubiera ganado alguna me habría casado, pero no fue así y aquello acabó malamente.
Yo entonces estaba muy unido a los Garrigues y me ofrecieron un trabajillo de meritorio en su despacho. Estuve unos meses trabajando, pero acabé enfadado, aunque reconozco que sin razón alguna; el motivo era que no me pagaban, lo que entonces era común.
Se dio la circunstancia de que había habido una etapa de tres o cuatro años sin oposiciones a la carrera diplomática, y en un momento en el que yo estaba un poco aburrido e irritado, y sabiendo que no me iba a casar, decidí intentar hacer la oposición. No era muy complicado. Era una pesadez porque había que estudiarse 200 temas, escribir medianamente bien y manejar el inglés y francés. Afortunadamente soy cuatrilingüe, yo nací en Ginebra, cuando mi padre era allí cónsul. Luego, por los distintos destinos, crecí en francés, italiano e inglés, lo cual no tiene ningún mérito. Se puede ser un idiota en muchos idiomas. Pero tuvimos mucha suerte. En esa época en España era raro hablar bien otros idiomas.
Tuve la suerte de que un compañero mío de universidad, listísimo, Víctor Pérez Díaz, me ayudó a preparar el segundo ejercicio discutiendo de los posibles temas. Recuerdo que en el examen me tuve que tragar algún sapo, porque me tocó hablar de la estructura social de España. Iba alertado de que tenía que ser muy cuidadoso, me jugaba la oposición, así que en esas circunstancias no pude reivindicar el desastre de la situación social española. Fui muy prudente y, aun así, mi madre o mi padre me dijeron que me había arriesgado demasiado. También en el sorteo de preguntas tuve mucha suerte.

Tu carrera diplomática te permite viajar sin parar, expresión que utilizas en tus Memorias, algo a lo que ya estabas acostumbrado como hijo de diplomático. Te inicias en la embajada en Costa Rica, eres Cónsul adjunto en la embajada de Londres, de ahí vas a Nueva York, Kuwait y los Países Bajos. En estos dos últimos destinos ya como embajador de España. Tu experiencia no puede ser más enriquecedora, y de ello das buena cuenta en toda tu obra literaria. ¿qué servicio a España y qué anécdota destacarías de esta época?
Yo, como digo en el título del libro de mis Memorias, he tenido mucha suerte, estando en el lugar correcto en el momento correcto. Así que viví momentos históricos muy importantes. Pero no por ello me siento orgulloso. Sin embargo, la etapa más llena de sentido que recuerdo es mi época de cónsul en Londres, porque sé que ayudé a mucha gente. Era una situación terrible. Intentaba hacer carambolas, junto a mi secretaria, para remediar situaciones de registro civil irremediables, como separaciones y amancebamiento, que era un delito para la mujer, abortos, evitarles el servicio militar… También momentos durísimos, como cuando un hombre vino a mi oficina y me dijo que pensaba matar a su mujer, cosa que hizo al salir de la embajada.
Fue sin duda la etapa más satisfactoria de mi vida, aunque también confusa y enloquecida. Trabajaba como una mula, entrando en los lugares en los que no debía entrar para ayudar en lo que pudiera a aquellas personas. Si echo la vista atrás reconozco que todo lo que hice por los demás es lo que mejor me ha hecho sentir y con más emoción recuerdo.
Pero todo eso queda muy lejos ahora. Vivo aquí en Mallorca retirado, sin ningún afán de protagonismo, rodeado de un grupo de amigos estupendo, aunque de ideas políticas muy diferentes a las mías. Con eso lo paso mal, porque, aunque intento tener un perfil bajo, tampoco me escondo. Soy como soy y pienso lo que pienso.
Tu vida diplomática la has hecho convivir con tu vida de escritor. Por las obras que has escrito se diría que una vida alimenta la otra. Tus viajes, tus experiencias y tu imaginación han dado como resultado importantes obras. Tu primer ensayo histórico fue La internalización de la guerra civil española, calificado por el profesor Edward Malefakis como la mejor síntesis disponible sobre el tema. Con La conspiración del Golfo fuiste finalista del Premio Planeta en 1982, con El desencuentro ganaste el Planeta en 1996, y con Vichy 1940 el premio Primavera en 2015. Has escrito más de 20 novelas y ensayos.
Dices en tus Memorias que lo mejor de tu novela El desencuentro es el título. Y no podemos estar más en desacuerdo. Nos parece una novela magnífica, en la que representas con maestría la situación de la mujer en aquella época, su dependencia emocional, vital, familiar y hasta física. A través de sus páginas se pueden palpar los avances que se han logrado en la liberación de la mujer. De dónde partíamos y dónde estamos. Nos evoca además cierto paralelismo, desde otros puntos de vista, con La tía Julia y el Escribidor, de Vargas Llosa, y La tía Tula, de Unamuno.
Tengo que reconocer que yo estuve tremendamente enamorado de mi tía. Era de una belleza y una ternura increíbles. Ahora creo que la novela se podría haber rematado mejor, no me quedé del todo satisfecho y a veces pienso que su éxito tuvo más que ver con mi notoriedad del momento. Mi hermano siempre me criticó que incluyera elementos mágicos, como todo lo referido a la corrida y las cornadas. Pero es una novela, el que ha escrito esa historia soy yo.
Es una novela muy autobiográfica y con la decidida voluntad de hacer una crítica a la situación de la mujer en aquella época, efectivamente. Mucha gente me paraba por la calle y algunos me decían que su lectura les había cambiado la vida. Lo que era muy difícil para una mujer en ese tipo de estructura tan acomodada era la rebeldía. No cabía.
La historia que cuento es real, es la historia de mi tía. Fue a México huyendo de un fracaso matrimonial y tuvo que volverse, enamorada y sumisa, para cumplir la voluntad de sus padres. Una mujer separada, en aquellos años, no podía aspirar a más.
Novelar la historia de mi tía en México con el torero Arruza se me ocurrió a mí. Cuando le comenté a mi madre que estaba pensando en escribir una novela sobre mi tía Chelo e inventarme una historia de amor con Carlos Arruza, muy sorprendida me preguntó “¿Y tú cómo lo sabes? Ni se te ocurra.” Era algo implanteable. Fue la conclusión lógica del escritor: va a México, vive en México, es feliz allí, tiene la consideración de “espejo de belleza y virtud”, tal y como la describe su tío León Felipe, tiene un primo que es un torero famoso y encima guapo. El desenlace era inevitable.
Cuando su hija, mi prima, lo leyó, no lo confesó, pero sentí que le sentó fatal que aireara la historia de su madre en una novela.
Lo cierto es que ganar el Planeta le dio muchísima difusión a la obra. De todas las presentaciones que hice recuerdo muy bien la del San Pablo, con mucha afluencia de gente. Entre ellos recuerdo que estaba Vicente Verdú, que elogió lo oportuno de poner de manifiesto los elementos más groseros de la situación social en España en los años del franquismo, como era la situación de la mujer.
En todo caso tengo que decir que estoy más satisfecho de mi novela Viví años de tormenta, editada en 2012, donde me propongo recordar, hacer un ejercicio de memoria sobre la transición tras años de anestesia.


Hay un punto que nos resulta desconcertante en tu trayectoria. Eres embajador en la Haya en una época cómoda, con una vida lujosa, festiva, quizás incluso frívola, con gran reconocimiento y posición, y lo dejas todo atendiendo un ofrecimiento de tu amigo Juan Luis Cebrián, para unirte a El País como plumilla, dices. ¿Cómo fue esa decisión tan valiente? ¿Tuvo que ver con la que creemos que ha sido siempre tu verdadera vocación, que es escribir?
No creo que hubiera coraje en esa decisión. Yo toda la vida he estado dispuesto a coger las maletas y marcharme. Si alguien me ofrecía algo que me apeteciera más, me iba. Eso casaba perfectamente con la vida diplomática.
La decisión que realmente cambió mi vida fue la de acudir a los primeros premios Ortega y Gasset, organizados por El País, durante mi época en el Ministerio. Nadie del Gobierno iba, y yo decidí ir. Cómo no iba a ir. Ahí fue donde me conoció Juan Luis Cebrián. Más adelante, en una visita oficial que hicimos a Suecia Pipo Dicenta, Fernando Morán y yo, dio la casualidad de que coincidimos con Juan Luis. La conversación giró sobre la entrada en la OTAN. Ellos defendían no entrar en la OTAN y mantenernos fuera y neutrales. Yo pensaba todo lo contrario. No entrar en la OTAN era sinónimo de no entrar en Europa y equipararnos a un régimen comunista. Eso le convenció a Juan Luis, cuando yo solo estaba siendo consecuente con mis ideas.
Pienso que en aquella decisión hubo mucho de aventura y de desprendimiento. El País era mi periódico, el que leía, con el que me sentía identificado. Durante seis años escribí 2.500 editoriales en El País, principalmente sobre política internacional, lo cual fue un placer inmenso.
¿Crees que sería interesante recuperar los artículos y publicar un compendio? Muchos de los temas seguirán de actualidad.
Algunos sí, desde luego, pero me falta soberbia para difundir la que considero mi doctrina. No es lo que quiero hacer. Desde hace 14 años escribo un artículo mensual, a modo de humoradas en una revista que se llama Gentleman. Supone un ejercicio divertido para mí.
Afirmas que El País era tu periódico. ¿Lo sigue siendo? ¿Qué opinas de la salida de Cebrián, de Savater, y de tantos articulistas purgados en este último periodo?
No, no lo es, ha cambiado mucho. El periódico de Juan Luis Cebrián, de Javier Pradera, de Savater era otro. El País, hoy en manos de inversores americanos, ha dado un giro conservador grande. Pero lo sigo leyendo, porque creo que con La Vanguardia son los únicos dos periódicos que puedo leer. Sé que hay también buenos periódicos de provincias, aunque ya no los leo. Pero, efectivamente, ha dejado de ser mi periódico y he dejado de escribir en él.
Juan Luis es una persona muy singular. Creo que jugó mal sus cartas y se marchó, pero eso no invalida su durísima opinión sobre el Gobierno y el periódico. Aunque seguro que cuando cambie el Gobierno, lo criticará aún más. Siempre le he admirado, ya que me ha parecido un periodista fulgurante y un gran escritor.
El primer editorial que escribí para el periódico fue sobre Guinea Ecuatorial. Recuerdo que llevaba dos horas penando sobre el ordenador y noté que Juan Luis me estaba tocando el hombro. Me dijo: “Pero si solo cuesta 80 pesetas… Escribe el editorial”. Lo escribí, claro, y pronto acabé dedicando 40 minutos a escribirlos. No es que yo supiera más de internacional que el resto de la gente. Pero sí sabía a dónde y a quién acudir para recabar la información necesaria.
A Savater le tengo mucha ley. Tiene un saber y una lógica implacables. Analizas cualquier artículo que escribe, sea sobre Bildu o lo contrario, y ves que va construyéndolo de tal manera que te lleva a una conclusión ineludible, con la aplicación aplastante de la lógica.
Recuerdo que una de las primeras cosas que hizo cuando llegué al periódico, fue la crítica de un libro que había escrito yo de una colección que se llamaba Las ciudades. Me puso por las nubes y a partir de ese momento tuvo mi adhesión inquebrantable.
Siempre estuve muy de acuerdo con él. Era muy interesante asistir a las discusiones entre él y Javier Pradera. Estaban en posiciones similares desde el punto de vista de la lógica y ética, pero las argumentaciones los llevaban a conclusiones diferentes. Era muy enriquecedor.
Mi fichaje fue exclusivamente una decisión de Juan Luis, y Jesús Polanco fue una persona importante durante mi estancia. Juan Luis pidió a Sandra, mi esposa, ser su jefa de gabinete, es decir, directora de gabinete del consejero delegado del grupo Prisa, y así acabó siendo la persona más poderosa del periódico, aunque ella lo niegue. Y es que dirigía la agenda, con las puertas que eso abre y cierra. Además, era prima del Rey, y eso Polanco lo tenía en cuenta.
Era un momento en el que las relaciones de El País con la Zarzuela, digamos que no eran fluidas. En realidad, tampoco con el gobierno de Felipe González, ni con la oposición. Era muy difícil que Felipe se defendiera de dos artilleros como Cebrián y Pradera. Al respecto de la Zarzuela, Polanco me preguntó si yo podía interceder. Pensé que lo más que podía hacer era organizar una cena en casa y es lo que hicimos. Estábamos los Polanco, los Cebrián, los Reyes y nosotros. En esa cena se arregló la relación entre Zarzuela y El País. En la sobremesa, Jesús y Don Juan Carlos estuvieron sentados en un aparte, hablando. Así que esa sí que me la apunto.
Posteriormente Polanco me ofreció ser director de Comunicación de PRISA. Pienso que me lo ofrecieron porque había sido director de la OID y valoraban el trabajo que había hecho. Me triplicaron el sueldo, claro, pero dejé de escribir editoriales. Fui infeliz. Estaba entre Polanco y Cebrián. Aquellas dos potencias a mí me anulaban. A pesar de que uno era el dueño y el otro un empleado, era una relación de poder a poder. Polanco, que no era ningún tonto, sabía que prescindir de Juan Luis era sinónimo de prescindir del periódico. Y Juan Luis lo sabía y era tremendamente leal al periódico.
La conversación se alarga, no parece tener fin, y amablemente nos ofrece un café o un vermú. Evidentemente, nos dice, tiene que ser vermú de la casa Cinzano. Nos cuenta que su padre todos los días antes de comer se tomaba un Cinzano y que así se aficionó él también, distinguiendo claramente entre vermús y siendo, casualidad, el que más le gusta. Es este un guiño a su esposa Sandra Marone-Cinzano, hija de la infanta María Cristina de Borbón y Battenberg y del conde Enrico Marone-Cinzano. Nieta, por tanto, del rey Alfonso XIII y de Victoria Eugenia.
Pues sí, se da la circunstancia de que mis padres conocían, desde su destino diplomático en Suiza, tanto a la reina Victoria Eugenia, de quien nos muestra un retrato en el salón, como a los hijos. No mucho porque entonces no se veía con muy buenos ojos que los diplomáticos españoles destinados en Suiza tuvieran demasiada relación con la Casa Real. Sobre todo, desde el manifiesto de Lausana, que hizo público Don Juan de Borbón, reclamando a Franco que abandonara el poder para dar paso a la restauración de la monarquía.
Mucho más adelante, precisamente en casa de mi suegra, intenté convencer al entonces príncipe Felipe, hoy Rey, de que viniera a Lo + Plus, el programa donde yo estaba trabajando, pero alguien de su Casa dijo que era imposible. Curiosamente no vino el príncipe, pero sí Letizia, y precisamente en esa entrevista se declaró republicana y atea. Una delicia. Las vueltas que da la vida. Todo el mundo tiene derecho a cambiar de criterio, menos yo: lo tengo a gala.
En 1996, cuando murió mi suegra, el Rey estuvo impecable con nosotros y con la familia, ayudándonos a llevar el féretro a Turín, donde la infanta Cristina quería ser enterrada.
Una anécdota curiosa, en la habitación de mi suegra había un secreter maravilloso donde guardaba los documentos y tras su fallecimiento le encargaron a Sandra revisarlos. Encontró cartas de su padre a su madre y en una de esas cartas le decía que su madre estaba muy mal, que tenía que ir a verle y que, al estar la situación difícil, tendría que entrar con un salvoconducto; para ello le recomendaba acudir a la embajada de España y hablar con Don Juan Schwartz, que era una persona estupenda que sin duda le ayudaría. Ese era mi padre. Curiosas y afortunadas casualidades.

Cuando estás trabajando en Prisa, un puesto que has dejado claro que no te gustó, te ofrecen otro reto, Lo + Plus, un magazine diario que supondría el comienzo de tu época más mediática, haciéndote perder el anonimato. “Caí en las redes de la televisión”, dices en tus Memorias.
Así es, y así lo he vivido. Pienso que es un programa que cambió la televisión. Por él pasó todo el mundo que pintaba algo. Fue una época muy divertida y satisfactoria, aunque me expuso a una popularidad que yo rechazo. Yo no quiero ser famoso. Han pasado 20 años desde que acabó el programa y me siguen reconociendo por la calle como “el de Lo + plus”. Mucha gente pensará que no tiene nada de malo, pero el halago asalta tu intimidad y es muy difícil gestionarlo.
Hace unos días, sin ir más lejos, paseando al perro aquí mismo, un señor me para y me dice que yo salía en la tele, en Lo + Plus. Con frecuencia me dicen lo que pensaban del programa, de mí. Es un asalto. Y en aquel momento era peor. No podía comer con tranquilidad en un restaurante. Lo cierto es que yo traté de no cambiar hábitos de vida, pero mi vida cambió sin duda.
El lado bueno, que lo tuvo, es que me acercó a personajes históricos impresionantes. Yo por mis trabajos anteriores ya había tenido acceso a gente interesante y relevante, pero esta etapa lo multiplicó.
El grupo de gente que hacíamos el programa era estupendo. Ana García-Siñeriz era maravillosa. Máximo Pradera era excesivamente irreverente. Ahora no le sigo, aunque me dicen que ha empeorado. Yo tuve problemas con él haciendo el programa. Yo ponía barreras. Conseguí parar algunas ideas que él tenía, como por ejemplo poner un crucifijo en la mesa en plan burlón. Un día vino al programa John Turturro, y sabíamos que el día anterior había tenido una colitis tremenda en Madrid. A Máximo se le ocurrió ponerle un inodoro a la salida de la entrevista, y lo destrozó; esa, por ejemplo, no pude impedirla. Anita también estaba horrorizada.
Pero el programa fue un escaparate importante. Teníamos una virtud, y es que, si traíamos a un escritor, sus libros nos los habíamos leído, se trabajaban las entrevistas.
Eso sí, éramos conscientes de que muchísimos de los invitados lo pasaban muy mal en el programa. Creo que era porque les exigíamos una cosa a la que no estaban acostumbrados, y menos en entrevistas, que era dar respuestas inteligentes. Eso lo traducían en que éramos muy agresivos.
Os sorprendería saber que hubo invitados que antes de entrar en directo pasaban por el baño para meterse cosas por la nariz. Nos costaba unos minutos tranquilizarles. Era un programa en directo, siempre, salvo uno, el del escritor indio Salman Rushdie. Hubo que grabarlo porque la policía, por seguridad, insistió en hacerlo en horas diferentes, un fin de semana.


Un programa de éxito que duró 10 años en antena y que fue calificado de fantástico, único, irreverente, mítico, de culto…, además de muy premiado, ya que obtuvo premios y nominaciones como mejor programa de entrevistas, mejor magazine, premio Ondas al programa más innovador de televisión, o mejor programa de entretenimiento. Y por él pasaron personajes de la talla de Almodóvar, Morgan Freeman, Paquito Esplá, Shirley Maclaine, Georg Solti, John Malkovich, Antonio Banderas, Lou Reed o los hermanos Coen con Frances McDormand. Escritores como Salman Rushdie, Umberto Eco, Buero Vallejo, Eduardo Mendoza, Javier Marías, Torrente Ballester. Incluso dos que luego serían premios Nobel: Mario Vargas Llosa y José Saramago. Por no hablar de celebridades como Joaquín Sabina, Serrat, Miguel Ríos, Raphael, Rocío Jurado, Franco Battiato, Plácido Domingo, Montserrat Caballé o Daniel Barenboim. La lista es interminable y su categoría da una idea clara de la importancia del programa.
¿Aquella época te alejó de tu pasión literaria o te permitía escribir?
Tenía mucha más energía de la que tengo hoy y podía pasar más horas escribiendo de madrugada. Lo que habría truncado mi carrera literaria hubiese sido entrar en la Casa Real. Cosa que Sabino Fernández Campo me propuso, aunque se acabó eligiendo a Almansa. Sandra tenía claro que no iba a ser yo el elegido, siendo familia y teniendo demasiada confianza con el Rey, con el que yo hablaba con sinceridad. Creo que fue afortunado. Esa fue la segunda de las decisiones que me cambió la vida, junto a la anteriormente descrita que precipitó mi entrada en El País.
Efectivamente, Sabino Fernández Campo contó que cuando le pidieron que escribiera sus memorias dijo que no merecía la pena, porque lo que podía contar era público, ya lo sabía todo el mundo, y lo que realmente podía interesar al público no lo podía contar, por tratarse de información confidencial o reservada. Así que no habrías podido escribir sobre ello.
Del elenco de personajes y celebridades que has tenido la suerte de conocer, ¿a quién recuerdas de manera especial?
Madiba, sin duda, lo cuento en el libro, y recuerdo el momento aquel en el que, en una cena de gala, me levanté a aplaudirle cuando abandonaba el salón. No todo el mundo lo entendió. Yo sentía admiración por Nelson Mandela.
También me gustaría poder decir que Obama. Es inteligente, amable, gran orador y trabajó muchísimo, aunque no creo que fuera un presidente eficaz para EEUU. Es un símbolo, sin duda, pero no un gran presidente.
Entre los españoles, destacaría a Adolfo Suárez y Felipe González. Suárez era un hombre encantador, también de serpientes. Te miraba y parecía que nada más contaba para él en ese momento. Era increíble. Y Felipe fue un gran estadista. El Rey hizo un gran papel, pero tiene sus sombras.
Especialmente dura fue Margaret Thatcher. “Estamos de acuerdo en que no estamos de acuerdo”. Así acabó una reunión con ella, que también cuento en mi libro, a la que acompañé a Fernando Morán, cuando se pensaba que iban a dar un cambio en la política de Gibraltar.
Cuentas, y lo vio toda la audiencia, que en el programa Shirley MacLaine te dio un beso en la boca, Jane Fonda dos, y que Sara Montiel puso tus manos en sus pechos para que comprobaras su firmeza. Parece que en aquel momento eso no tenía transcendencia, formaba parte de la espontaneidad del directo y se aceptaba como un acto de reconocimiento o elogio. Cualquiera diría que ahora, muchos años después, y cuando pensamos que vivimos en una sociedad más libre y avanzada, parece que se actúa con mayor puritanismo en esos temas. ¿Crees que ahora eso sería posible o se habría abalanzado la opinión pública sobre vosotros?
Si pensamos en el caso de Rubiales, parece que no se admite, pero es un tema que se ha ido enredando. Es una derivada del sí es sí o no es no, y de la necesidad de consentimiento previo. Es un asunto complicado, la verdad. A mí no me pidieron permiso para besarme, era impensable. Ahí estaba la gracia, en eso sí hemos cambiado. En todo caso yo le conozco bien a Rubiales y es quizás su fama de frescales y de machista y sus circunstancias, las que le pueden haber pasado factura.
El teléfono nos interrumpe en un par de ocasiones, pero Fernando insiste cordial y educado en continuar unos minutos más la conversación, lo que nos permite volver a las consideraciones que él hace en sus Memorias sobre varios conflictos internacionales, como el de Oriente Medio, el Sáhara, Gibraltar o Latinoamérica. Siguen siendo problemas enquistados a día de hoy. Ya no tenemos Guerra Fría, pero la situación con Rusia sigue siendo complicada.
Recuerdo una reunión con Pipo Dicenta, en plena Guerra Fría, en la que nos pusieron un corto en el que aparecía el ejército ruso pateando en un barrizal con las caras desencajadas, y a continuación un ejército europeo de caras sonrientes al sol. Era pura propaganda. Pedí la palabra y expresé mi opinión, ya que pensaba que era contraproducente. Me lo reprocharon, por supuesto.
En cuanto a los problemas internacionales que más nos afectan, creo que el más grave es el del Sáhara. Este tema estuvo mal enfocado desde el principio, con una falta estrepitosa de visión de futuro. Ahora Sánchez lo ha estropeado aún más, ya que le ha dado una vuelta adicional sin haber resuelto el origen. Quiero pensar que no ha sido una cesión a ningún chantaje, y se debe únicamente a un cambio de estrategia, motivada en parte por una presión de los EEUU, que no quiere tener ese conflicto en el norte de África, frente a Argelia y detrás Libia.
La única monarquía consistente, sólida y medio seria que reconoce a Israel en el mundo árabe es Marruecos, así que creo que EEUU ha presionado. Y Sánchez está facultado para hacer lo que ha hecho; es presidente del Gobierno. Simplemente modifica la posición en un asunto de política internacional. Además, no hay marcha atrás. En todo caso me parece un horror, ya que no ha considerado Argelia, el petróleo, el gas ni el triste sino de los pobres desgraciados que están ahí, a quienes llevamos años y años traicionando y haciendo caridad con ellos. Les enrolamos en esa batalla con Marruecos, y una vez establecidos en sus tiendas de campaña, los hemos dejado abandonados.
Un grupo de diplomáticos escribimos unos artículos en los que discutimos los pasos que se estaban dando: desde designarles como provincia española, hasta reconocerles el derecho a la autodeterminación, con el peligro que ello conlleva, sentando un precedente nefasto para Ceuta y Melilla. Y se hicieron equilibrios lamentables para al mismo tiempo no reconocer esa misma autodeterminación ni en Croacia ni en Albania. Fue una traición, sin duda, pero anunciada desde el principio y Gobierno tras Gobierno.
Jorge Dezcallar, a quien conozco bien y con quien no siempre estoy de acuerdo, dice con razón que en España nunca se consideró la posibilidad de doblegar a Marruecos, que entonces era fácil. Cedimos y seguimos cediendo, solo por el deseo irrefrenable de conquistar la buena voluntad de Marruecos. Y esa no es la manera.
El de Oriente Medio es otro asunto que está viciado desde el principio, con la declaración Balfour, con la que los ingleses nos metieron en esto. Hoy en día, ves lo que se ha hecho en Gaza, con la justificación de que para matar a un tipo matan a otros 500 y destruyen un barrio entero y es un disparate. Juegan con el hecho de que todos somos pro-Israel en la cuestión del nazismo. Pero tener un partido político, que ni siquiera es todo el país, que identifica a un enemigo como Hezbolá y lo globaliza, no es posible. Ya son 40.000 muertos en este conflicto. Y debería solucionarse sentándote a hablar, pero por otro lado es cierto que con Hamas no se puede razonar. Son como los etarras, pero con el único objetivo de acabar con Israel, echar a los judíos al mar. Y encima apoyados desde fuera. Pero Irán debería cuidarse mucho de intervenir, porque podría suponer su propio fin.
Yo creo que los israelíes, llegará un momento en que terminarán, se contentarán con acabar con algunos dirigentes terroristas, hasta la próxima vez que Hamás vuelva a atacar, porque es muy difícil desarmarlos. Todo terrorismo que sobrevive lo hace por tener un cierto viso de justificación y un punto de apoyo, aunque sea aislado.
De Hispanoamérica, hay muchos países en situación preocupante. México me preocupa menos, creo que el supuesto conflicto con España es pura palabrería y una operación meramente propagandística. Desde luego es una pena porque somos naciones hermanas, y es un sinsentido que España tenga que pedir perdón por la conquista. Les hemos dado educación, religión, idioma y compartimos culturas. Lógicamente se perdieron otras cosas, pero era algo consustancial al proceso, no verlo supone una falta de visión histórica tremenda.
Estamos en Mallorca, una isla que te apasiona y donde te has establecido. Sin embargo, llevas 30 años en la isla y sientes que te consideran un forastero. Aquí comprasteis un terreno, construisteis la casa de vuestros sueños, previa licencia municipal, y por problemas urbanísticos derivados de intereses cruzados que nada tenían que ver contigo, por temas ecológicos, relacionados con la supervivencia del mosquito autóctono de las marismas de la Alcudia, y quizás por forasté, tuviste que vender la casa por la cuarta parte de su valor y, finalmente, se tuvo que derribar. Y aunque más adelante el Tribunal correspondiente sentenció que había sido construida legalmente y que no había habido razón jurídica para derruirla, decidís permanecer aquí. ¿Qué amor sientes por la isla para haberte quedado en ella?
El mar. Mar hay en muchos sitios, pero no como este. Esta bahía no existe en otro sitio. Sería comparable Mahón. Nos fuimos de la casa de Deià, donde fue el problema y podríamos haber decidido abandonar la isla, pero mi mujer y yo ya habíamos puesto nuestras raíces aquí.
Lo cierto es que, a lo largo de mi vida, yo no había echado raíces en ningún sitio, siempre he andado de un lado a otro. Y el lugar elegido para establecernos fue éste. No tengo afición desmedida por el equipaje. Hemos ido de un lado a otro. Mejores y peores casas, bellos muebles, fantástico arte. Pero también te cansas, y ante el infortunio de Deià vendimos la casa. Regalamos cosas y vendimos otras para instalarnos confortablemente en una casa más pequeña. Recuerdo especialmente una estupenda mesa de bambú que Sandra y yo habíamos comprado en Holanda. Era un antiguo catre para fumadores de opio, que hizo las veces de tremenda mesa. Aquí no cabía. No vale la pena tener apego a las cosas. Si lo tienes, eres susceptible de sufrir por lo que pueda pasar. De valor nos queda esta joya [señala una maqueta de un precioso barco velero de época], de Sandra. Es una maravilla. Se supone que flota pero, como podréis suponer, no lo hemos probado nunca.
Eso sí, os puedo asegurar que cuando paso por Deià tengo pensamientos perversos, pero es mejor no darle vueltas. Cambiamos de casa varias veces, hemos pasado por diferentes sitios y hemos tenido varios perros, ahora estamos muy a gusto aquí con nuestra perra.

Ese es otro asunto que nos pareció curioso. La humanización con la que tratas a tus perros y la inmensa pena que has sufrido al perder a algunos de ellos, desgracia que llegas a comparar incluso con la muerte de un hijo. Nosotros siempre hemos visto a los animales de una manera diferente, con mucho respeto por supuesto, pero en ningún caso comparables a personas.
Sin duda, es humanizarlo. Como Sandra está de viaje y yo estoy mayor para darle a nuestra perra la atención que necesita, la dejé estos días en el campo con un entrenador y cuidador de perros, que tiene una auctoritas sobre ellos que asusta, que no había visto nunca. Ayer le llamé para preguntarle cómo estaba y me dijo que muy bien, follonera pero feliz. Y es verdad, al llegar allí siempre se levanta en el coche, reconociendo el lugar y encantada.
Me dijo que “los perros tienen sobre nosotros la capacidad de ser felices sin ataduras. Ella es feliz aquí y cuando te la lleves a casa será feliz allí. No les falta más que ser tan inteligentes como nosotros para dominarnos por completo.” Y es que es de una fidelidad y lealtad tremenda.
Tú encierra en tu maletero un par de horas a tu perro y a tu suegra, y a las dos horas ábrelo y verás quién se alegra de verte. Es una broma, claro, pero la verdad es que son especiales. Les coges un cariño tremendo, aunque evidentemente prefiero que muera mi perro a un hijo.
Como a todos los paulinos con los que hemos realizado estos encuentros te vamos a pedir que compartas con nosotros el título de alguna novela o libro que, además de los tuyos, aconsejarías leer. En tu caso, por tu perfil, te vamos a pedir además una película que te parezca especial y recomendable, y una ciudad que te apasione.
Pues en ese orden, y aunque es muy difícil elegir, el libro Expiación, de Ian McEwan. Es de una dureza insoportable, lo pasé fatal leyéndolo, pero es un autor excelente.
Al cine soy muy aficionado, con nuestros amigos de aquí constituimos un grupo que se llamó Palco o platea. Empezamos con teatro, luego pasamos a la lectura y ahora hemos vertido hacia el cine. Somos catorce y cada uno propone una película cada mes para ver y comentar. La primera que yo propuse fue El salario del miedo. La defiendo, pero creo que me equivoqué, ya que es muy desagradable.
Creo que son películas que hay que ver Mystic River, otra historia desagradable, pero interesante, y Un americano en París, más amable.
Sobre las ciudades depende del momento, de la compañía y de la razón por la que estés en ellas. Me quedo con el Londres de entonces y el París de ahora, me gusta mucho París. Y hay ciudades maravillosas, qué decir de Roma, Berlín o Nueva York.
¿Desde tu experiencia, tienes algún consejo para los jóvenes que comienzan ahora sus estudios en el San Pablo y te puedan leer?
Aplicarse en la interpretación libre de su mente. Hay que aproximarse a los libros con entera libertad y sentido crítico. Jugar con libertad el proyecto de futuro.
Y una pregunta obligada a un escritor: ¿qué estás escribiendo en este momento?
En este momento estoy en medio de una gran tragedia. Tengo una indolencia propia de mi edad. No hace mucho inicié dos novelas. Una seria sobre la Francia de De Gaulle y la independencia argelina, en torno a una investigación de un policía sobre un asesino múltiple. Empecé a estudiarla, en base a una labor que ya había hecho para mi novela de Vichy, 1940, novela que obtuvo el Premio Primavera, y que entonces, en 2006, la trabajé con entusiasmo. Tengo mucho cariño por esa novela. Pero en esa época yo era más enérgico. De momento está en reposo.
El reto con el que estoy ahora es otra novela sobre un personaje diplomático que me he inventado; es la tercera novela de Meneses, el diplomático atípico al que acude la autoridad para resolver embrollos que no admiten soluciones estrictamente oficiales. No es autobiográfica, pero sí hay experiencias personales plasmadas en ellas. Una es Que vaya Meneses, y otra Meneses en Skópelos. La primera está ambientada en el Congo y la segunda en Grecia. En la que estoy escribiendo ahora Meneses va a poner los puntos sobre las íes a Maduro.
También estoy trabajando en un libro sobre el cincuentenario del Club de Mar de Mallorca, a petición del propio Club, y me está resultando bastante más complicado de lo que pensaba.
Además soy jurado de un premio de relatos de personas mayores de la Vanguardia y Fundación La Caixa. Somos 6 miembros del jurado y me acaban de llegar un sinfín de microrelatos y relatos para leer. Están escritos por personas mayores, aunque no tanto como yo, y en general suelen deprimirme, porque muestran una visión de la vida muy triste.
La mañana se nos ha pasado en un suspiro, es la hora de la comida, y las más elementales normas de decoro aconsejan que demos por finalizado el encuentro, aunque Fernando no muestra señales de querer ponerle fin.
Por su inicial reticencia a este encuentro, nos habíamos hecho la idea de que estaba retirado y sin proyectos. Nada más lejos de la realidad, está activo e ilusionado, tiene una memoria extraordinaria y está inmerso en varias iniciativas intelectuales. Está claro que hemos tenido la suerte de compartir una mañana con una mente privilegiada, y podemos afirmar que la caballerosidad y el don de gentes son sus signos de identidad.
Tiene además un acusado sentido de realidad y no ignora, incluso lo destaca, que su agitada vida es un recuerdo, porque ahora, desde la inquietud y el desasosiego propios de su edad, se puede permitir el lujo del descanso, la navegación, la meditación, el desencanto y hasta la indolencia, pero siempre inmerso en iniciativas y actividades relacionadas con la escritura, creemos que su verdadera pasión.
Desde su erguida mirada azul y su imponente presencia, transmite vitalidad, energía, deseo, aunque él, cuando evoca la actividad de su emocionante vida, piensa que ahora está ya en un nuevo tiempo relajado, en pausa.
Satisfechos y agradecidos dejamos esta casa dichosa abrumados por tanta amabilidad, echando una última mirada desde su atalaya al horizonte azul del que disfruta cada día. Ahora entendemos por qué para su esposa Sandra y para él, el Mediterráneo es un decorado profundamente espiritual.
Gracias Fernando por aceptar este encuentro en el que pensamos dejas un bello testimonio de tu independencia interior, y enhorabuena por esa vida con suerte que has sabido gozar y ahora compartir con generosidad.


